Palabras que curan: un epílogo
a modo de comienzo
Eduardo Casas[1]
A menudo
pensamos que el epílogo es el final de un libro, un punto de llegada. Sin
embargo, para quienes creemos que todo libro es un viaje por paisajes
interiores, el epílogo se convierte en un umbral que hay que traspasar para
continuar –más allá del libro y más allá de lo dicho- hacia el “otro relato” que está en el silencio de
toda palabra que esconde un texto.
Pablo Barral
Steiner es médico cardiólogo y poeta. Sus itinerarios profesionales y humanos
de viajes (no sólo geográficos y por capacitación especializada) sino sobre
todo su peregrinación existencial lo revelan como una persona en la cual se
amalgaman diferentes mundos en una síntesis personal y original, con sello
propio.
En él conviven
los diagnósticos de la medicina con la libertad de la poesía ya que concibe que
la verdadera palabra poética está cercana al milagro: palabra de bálsamo que
cura, belleza que sana y salva. La
medicina, la poseía y la fe confluyen en la "salud",
palabra que a la vez tiene la misma raíz etimológica del término "salvación". Esta perspectiva
es posible porque el autor goza de una fe que crece siendo médico y paciente a
la vez.
Su concepción poética
–tal como queda patente en su libro anterior “Poética Psicopatogénica”- manifiesta un encantador humor y una
concepción estética y lúdica llamativas. Sólo alguien que ha "rumiado" mucho ambos
universos (literatura y medicina) puede hacer una propuesta novedosa en la búsqueda
de una medicina mejor, más humana y humanizada.
No se trata solamente
de un médico que hace poemas sino de un ser humano que poetiza a partir de la
medicina y que cura a partir de la poesía: hace arte (literatura) a partir de la
ciencia (medicina).
Él sabe que algunas
palabras -así como también algunos
silencios, miradas y gestos- resultan “milagrosos”, nos curan por dentro y nos
embellecen por fuera. Nos otorgan luz y paz. Nos colman y nos calman. Nos
abrigan del desamparo y el abandono. Nos cubren de una tibieza que envuelve y
aproxima. Nos da vida y futuro de promesas. Nos nutre la esperanza.
Todo misterio
(humano o divino) tiene en la poesía -la palabra que está más allá de toda
palabra- una posibilidad no sólo “narrativa”
sino también “curativa”.
En este libro
que acabamos de transitar –si tomamos la lectura como una experiencia- es mucho
más que una variada antología temática. Teleprojeutoterapia –tal como se
titula el libro- es un neologismo, inspirado en la lengua griega, que ha creado
el autor y significa "curación por
la oración a la distancia". Así ha querido evocar el hecho de orar por
la salud de algún enfermo o paciente, intercediendo por él a la distancia. Este
acto de amor, como cualquier otro, puede ser profundamente sanador y
reconciliador. Todo amor, cura.
Ciertamente no
hay que entender la oración como una acción “mágica”
que de manera instantánea actúa revirtiendo la condición de enfermedad de un
paciente. La fe no es un amuleto. La convicción de la fe pide –con el poder de
la gracia- la sanación según la voluntad de Dios. La intercesión creyente siempre
es humilde, pide siempre el mejor y el mayor bien.
Este libro es
un texto de esperanza dedicado especialmente a los enfermos, a quienes padecen
cualquier discapacidad e incluso a quienes se sienten víctimas de la propia
medicina. En él hay una recopilación variada de oraciones, cartas y poesías de
médicos y enfermos. Todos textos de diversos autores, estilos, tiempos y
circunstancias.
Quizás como
lector, como paciente o teniendo algún familiar o amigo enfermo muchas veces se nos ha ocurrido pensar: ¿qué puedo
decirle a un paciente enfermo?; ¿qué
palabras desea escuchar alguien que está padeciendo una enfermedad?; ¿qué silencios y qué gestos tengo que hacer
para quien esté desconsolado en su sufrimiento?; ¿qué dice la Biblia acerca de la
enfermedad?; ¿cómo actúo Jesús frente a ella?; ¿cuál es la voluntad de Dios con
todo esto?
Pablo Barral
Steiner no es el único médico con interés por la medicina, la literatura y la
fe. Semejante a nuestro autor, en el Nuevo Testamento aparece el Evangelista Lucas
que fue, entre otras cosas, médico, literato, historiador y pintor según cuenta
la Tradición
y algunas fuentes. Era discípulo del Apóstol Pablo, quien lo reconoce como “el querido
médico” (Col 4, 14). Lucas hizo muchos viajes junto a Pablo, quien se
sabe que era un hombre de cierta precariedad en su salud. Quizás necesitó de la
ayuda de Lucas para sus viajes, no sólo en su carácter de discípulo sino
también de médico.
Lucas usa en
su Evangelio un vocabulario que revela su condición de médico: “la suegra
de Simón tenía una gran fiebre”; (16,20); “estaba lleno de llagas” (20,25);
“había gastado todo cuanto tenía en médicos” (8,43). Además añade a la antigua
medicina griega de Hipócrates, el impulso humano lleno de caridad, consuelo,
fortaleza y compasión como se ve claramente cuando narra la parábola del buen samaritano
(cf. 10,
25-37).
En los cuatro Evangelios
se descubre que Jesús tuvo frecuente contacto con diversos enfermos, al igual
que con los pobres, los sufridos y oprimidos.
Él mismo y su ministerio se interpretan como médico: “los sanos no necesitan médico sino
los enfermos. No he venido a llamar a
los justos sino a los pecadores” (Mt 9,12-13).
El dolor y el
sufrimiento ya no son para Él –como afirma el Antiguo Testamento- una
consecuencia del pecado personal o familiar (cf. Jn 9, 3; Lc 7, 21), tampoco
es una maldición que castiga o una intervención de acciones demoníacas. Jesús
también en esto muestra su originalidad frente al contexto que generalmente
comprendía la dolencia física, psíquica y social como un signo de pecado y
castigo, condenación y maldición. Sus curaciones aparecen –en cambio- como
signo de bendición y de gracia.
En todo el
Antiguo Oriente, el curar enfermedades era tarea casi exclusivamente de
sacerdotes y magos, a los que se recurría para que ellos -a base de ritos,
exorcismos y oraciones- intervinieran. Para los judíos, en cambio, el Dios del
Antiguo Testamento era el sanador por excelencia (cf. Ex 15, 26), aunque también
aparece -más tardíamente- una fe incipiente en la medicina (cf. Ecle
38, 1-8). Enfermedad y curación no se consideraban generalmente desde
el punto de vista médico o científico sino religioso.
Con Jesús -su
Persona, ministerio, Cruz y Resurrección- el sufrimiento cobra un hondo sentido
redentor que -hasta entonces- carecía. A la luz del misterio pascual la fe se plantea el interrogante sobre el sentido del sufrimiento y se interpreta desde una nueva respuesta .
Para el maestro de Nazaret, la sanación física es real
y simbólica a la vez ya que toda curación tiene un pedagógico, un sentido
trascendente de gracia y una función
reveladora de aquél Reino que El ha venido a instaurar (cf. Lc 4,18)
Jesús ve el dolor con realismo. Sabe que no puede
acabar con todo el sufrimiento que aparece a su paso. Siente compasión (cf. Mt 7,
26), no discrimina a nadie, atiende
a los necesitados. Su corazón está abierto, los alivió y consoló. Estuvo cerca.
Se hizo a sí mismo gesto que conforta.
Al curar la enfermedad, toca la herida más honda de
la condición humana vulnerable y mortal. Si es la voluntad del Padre, cura
integralmente, tanto en lo físico como en lo espiritual (cf. Lc 7,
14). Incluso sana más allá de lo permitido por la ley religiosa judía (cf.
Mc
1, 21; Lc 13, 14).Él no se queda al margen de la dolencia ajena como si
fuera meramente un espectador. Tomó sobre sí el sufrimiento propio y ajeno (cf. MT 11,28) La discriminación social de ciertas enfermedades de aquel tiempo (como por ejemplo la lepra) encontró en Jesús un ejemplo de quien se situa mas alla de cualquier seguagacion.
Ojalá,
habiendo leído este libro, hayas encontrado en tu vida, aquellas personas y palabras
que te curen y te sostengan a la distancia, sabiendo que el Espíritu de Dios no
está atado a ningún condicionamiento humano en ninguna situación, incluso de
enfermedad: para Dios no hay nada imposible (cf. Lc 1, 37).
Padre Eduardo Casas
(Sacerdote Radio María Argentina)